Llegaría con pruebas.
Cuando las pusiera sobre la mesa, hasta su propia madre descubriría quién había sido realmente el “hijo ejemplar” durante todos esos años.
Y después de aquello ya no habría manera de volver atrás.
PARTE 3
El domingo llegué a las tres de la tarde.
Doña Elvira estaba sentada en el sofá con el bastón entre las rodillas. Laura había viajado desde Monterrey. Roberto ocupaba la cabecera de la mesa como si fuera a presidir un juicio.
Yo llevaba una bolsa pequeña.
Dentro había una carpeta y los documentos que había preparado con mi abogada.
—Qué bueno que viniste —dijo Roberto—. Vamos a terminar con esta tontería.
Laura cruzó los brazos.
—Claudia, sinceramente no entiendo cómo pudiste abandonar la casa justo cuando mi mamá salió del hospital.
No le respondí.
Roberto puso una hoja sobre la mesa.