Ahí estaban las transferencias.
Ocho mil.
Ocho mil.
Doce mil.
Quince mil.
Durante meses.
Guardé los estados de cuenta y los mensajes de Laura.
Después terminé de sacar mis cosas.
El domingo por la noche Roberto revisaba el cuarto de su madre.
—Mañana salgo temprano por ella —dijo—. Espero que no sigas con tu berrinche.
Me paré frente al sillón.
—No es un berrinche.
—¿Entonces?
—A partir de mañana voy a vivir en otro lugar.
La lata de cerveza se quedó suspendida junto a su boca.
—¿Qué?
—Renté un departamento. Mis cosas ya están allá.
Se levantó.
—¿Estás loca? ¡Mi mamá llega mañana!
—Precisamente.
—¿Y quién va a ayudarla?
Lo miré.
Por primera vez parecía verdaderamente asustado.
—Tú.
A la mañana siguiente salí antes de que despertara.
No dejé desayuno.
No dejé comida preparada.
No dejé ropa doblada.
En el mueble de la entrada sólo quedaron sus zapatos.