No sabía qué medicamentos debía tomar su madre por la mañana.
No había comprado un banco para la regadera ni instalado barras de apoyo.
Había comprado toallas caras y unas pantuflas bonitas porque eso era lo que él entendía por “preparar todo”.
El segundo día quemó el desayuno.
El tercero llegó tarde al trabajo.
Al cuarto, doña Elvira le pidió que la llevara de regreso a su propia casa.
—Pero todavía no puedes estar sola.
—Tengo los teléfonos que dejó Claudia.
Aquello debió dolerle más que cualquier insulto.
Incluso al marcharse, yo había dejado un expediente con horarios, teléfonos, alergias, instrucciones del médico, contacto de una vecina y los servicios disponibles.
No porque quisiera seguir cargando con ellos.
Sino porque mi problema nunca había sido con una anciana recién operada.
Mi problema era con un hombre que confundía amor con servidumbre.