Clara lo vio.
“¿Qué es eso?”
Mi madre se puso un poco nerviosa.
“Cosas mías.”
“Cosas importantes”, dije.
Le expliqué con cuidado.
Sin hacer sentir culpable a nadie.
Sin convertirlo en una escena triste.
Clara pasó algunas páginas.
Leyó en silencio.
Luego miró a su abuela.
“Yaya, ¿puedo escribir una?”
Mi madre parpadeó.
“¿Tú?”
“Sí.”
Le dio el bolígrafo.
Clara escribió con su letra grande y desigual:
“Hacer una merienda con la yaya y que me enseñe a preparar natillas.”
Mi madre se llevó una mano a la boca.
“Pero si eso es muy fácil.”
“Pues mejor. Así no la lío.”
Luego Clara escribió otra:
“Hacer una foto los tres.”
Yo protesté por costumbre.
“Ahora no, que estoy fatal.”
Mi madre me miró.
“No empieces.”
Clara colocó el móvil apoyado en la caja de galletas.
Programó el temporizador.
Nos sentamos en la cocina.
Mi madre en medio.
Yo a un lado.
Clara al otro.
La primera foto salió borrosa.
En la segunda, yo salía con los ojos cerrados.
En la tercera, mi madre se estaba riendo.
Esa fue la buena.
No porque estuviéramos perfectos.
Sino porque estábamos.
La imprimimos días después en una tienda pequeña del barrio.
Mi madre la puso en la nevera del piso nuevo.
Con un imán viejo de Valladolid.
La mudanza no fue fácil.
Nada de lo importante lo es.
Hubo cajas que pesaban más por dentro que por fuera.
Hubo tardes en que mi madre se sentaba en una silla y decía:
“Cinco minutos.”
Y esos cinco minutos eran una despedida.
El último día en el piso antiguo, nos quedamos solos en la cocina.
Ya no había mantel.
Ni cafetera.
Ni calendario.
La pared parecía desnuda.