Encontré el cuaderno secreto de mi madre y entendí cuánto me había esperado

Luego se detuvo.

Me lo devolvió.

“Vale. Pero no me rompas la taza verde.”

Era la taza de mi padre.

La de siempre.

La que nadie usaba.

La que seguía en el armario como si él pudiera entrar cualquier tarde y pedir café.

La lavé con más cuidado que muchas cosas importantes de mi vida.

Mientras fregaba, mi móvil vibró otra vez.

Una llamada.

Luego otra.

Luego mensajes.

Miré la pantalla.

Trabajo.

Asuntos pendientes.

Reuniones.

Una vida entera reclamándome desde Madrid.

Mi madre no dijo nada.

Solo siguió secando platos.

Pero vi cómo su mano se quedaba un segundo quieta sobre el paño.

Apagué el móvil.

No lo puse en silencio.

Lo apagué.

Ella me miró.

“Daniel, tampoco hace falta…”

“Sí hace falta.”

“Te van a necesitar.”

“Yo también te necesito a ti.”

Lo dije sin pensarlo.

Y al oírme, sentí vergüenza.

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