La taza verde de mi padre quedó en una balda, visible.
No escondida.
Las fotos se repartieron por el salón.
La nuestra quedó en la nevera.
Y el cuaderno verde ya no volvió a meterse en la caja de galletas.
Se quedó sobre la mesa de la cocina.
Abierto.
Vivo.
Algunas páginas se fueron llenando.
Paseo por la plaza.
Hecho.
Café sin móvil.
Hecho.
Foto con Clara.
Hecho.
Natillas.
Casi hechas, aunque Clara puso demasiada canela.
Un miércoles por la noche, llamé a mi madre desde Madrid.
No caminando por la calle.
No con prisa.
Me senté en el sofá.
Apagué la televisión.
La llamé solo para hablar.
“¿Necesitas algo?”, me preguntó ella.
Sonreí.