Caminó por el pasillo con las manos juntas.
Como si estuviera visitando la casa de otra persona.
“Es bonito”, dije.
“Sí.”
Pero su voz no sonaba convencida.
Abrí la ventana de la cocina.
Entró aire frío.
Abajo, en la plaza, un hombre paseaba un perro pequeño.
Una señora llevaba una bolsa de pan.
Dos niños salían del colegio con mochilas más grandes que ellos.
“Desde aquí se ve vida”, dije.
Mi madre se acercó.
Miró.
“Sí.”
Esta vez lo dijo distinto.
Luego señaló una esquina.
“Ahí podría ir la mesa pequeña.”
“Y aquí la cafetera.”
“Y el calendario junto a la nevera.”
“Y el cuaderno verde en la cocina.”
Me miró.
“¿También?”
“Sobre todo.”
Volvimos al piso antiguo cuando ya estaba anocheciendo.
En la escalera, mi madre subió despacio.
Se paró en el primer rellano.
Luego en el segundo.
No se quejó.