
Una noche, cuando cumplí dieciocho años, ella me mostró su vestido de novia: una hermosa pieza de seda color marfil, adornada con encaje delicado y botones de nácar. Me pidió una sola cosa: que algún día, cuando llegara mi propia boda, lo usara en su honor.
Sonreí al ver aquel vestido con tantas décadas encima, pero se lo prometí. En ese momento no imaginaba que aquella prenda escondía un secreto que cambiaría mi vida.
Un hallazgo inesperado en el forro
Los años pasaron. Salí de casa, construí mi propio camino y conocí a Tomás, el hombre con quien decidí casarme. Pero unos meses antes de la boda, una noticia devastadora me golpeó de frente: mi abuela Rosalía falleció de manera repentina.

Al organizar sus pertenencias después del funeral, encontré el vestido de novia cuidadosamente guardado en su armario. Decidí cumplir mi promesa.