Papá.
Toqué el altavoz allí mismo en el mostrador.
“¿Dónde estás, papá?”
La voz de Arthur se escuchó artificialmente tensa y dramática.
“¡Iván! ¡Gracias a Dios que lo recogiste! Tu madre y yo estamos frenéticos. ¡Tu abuela se alejó durante el almuerzo! Fuimos al baño y ella ya no estaba. Llevamos horas buscando—”
“Deja de mentir, papá,” Interrumpí, mi voz cayó en un registro muy agudo. “Estoy sentada justo al lado de la abuela Eleanor. La recogí del centro de enfermería donde la abandonaste hace tres horas.”
El silencio en el otro extremo era absoluto.
“Iván… no entiendes la situación—” Arthur tartamudeó.
“Estamos en el juzgado del condado, Arthur,” La abuela Eleanor habló con voz clara, imponente y totalmente desprovista de debilidad. “Y estoy parado frente al escritorio de registros de tierras mirando una escritura de renuncia falsificada con mi firma”
El aliento de Arthur se apoderó del altavoz.
“Tienes una hora para encontrarnos en mi casa,” ordenó la abuela. “Si no estás allí, la próxima llamada que haga mi nieto será a la división de fraude para personas mayores del Fiscal del Estado”
Ella misma colgó el teléfono.
EPÍLOGO
Cuando llegamos a la casa de ladrillo de la abuela Eleanor cuarenta minutos después, la camioneta de lujo de Arthur ya estaba estacionada en el camino de entrada.
Mi padre y mi madre estaban parados cerca del porche delantero, pálidos, desaliñados y completamente en pánico.
A través de la ventana delantera pudimos ver cajas de cartón apiladas en el pasillo.
Ya habían comenzado a empacar sus pertenencias para listar la propiedad.
Tan pronto como la abuela salió del auto, Wendy corrió hacia adelante, con las manos revoloteando nerviosamente.
“¡Eleanor! ¡Por favor, fue un malentendido! Solo estábamos tratando de proteger sus activos para que no tuviera que preocuparse por administrar la casa—”