Luca permanecía quieto, pero su mandíbula se tensó.
Entonces se inclinó hacia Blaire.
—¿Puedo pedirte un favor bastante raro?
Ella frunció el ceño.
—¿Qué clase de favor?
Los ojos de Luca se desviaron hacia el pasillo y después hacia el teléfono del joven.
—¿Podrías fingir que te has quedado dormida sobre mi hombro?
Blaire estuvo a punto de reírse.
—¿Qué?
—Sé cómo suena —dijo en voz baja—. Pero están intentando grabarme. Si creen que solo somos una familia agotada viajando con una niña, quizá pierdan el interés.
Blaire sabía que debería negarse.
Acababa de escapar de una traición.
Estaba sola con su hija.
Confiar en un desconocido no tenía ningún sentido.
Pero algo en la expresión de Luca la detuvo.
No era arrogancia.
No era manipulación.
Era agotamiento.
Y un miedo silencioso que parecía dolorosamente auténtico.
Así que Blaire acomodó con cuidado a Fiona entre sus brazos y apoyó la cabeza sobre el hombro de Luca.
El efecto fue inmediato.
El joven bajó el teléfono.
Las dos chicas dejaron de mirar.
La mujer molesta perdió el interés.
Luca dejó escapar lentamente el aire.
—Gracias…
Blaire pensaba apartarse al cabo de unos segundos.
Pero todas aquellas noches sin dormir terminaron alcanzándola.
Y se quedó profundamente dormida.
Cuando volvió a abrir los ojos, el avión ya descendía hacia el aeropuerto de LaGuardia.
Luca no se había movido.
Seguía sentado exactamente en la misma posición, como si se hubiera negado a moverse ni un centímetro para no despertarla.
—Has dormido casi dos horas —dijo con una pequeña sonrisa.
Blaire se incorporó de golpe.
—Lo siento. Debes de tener el hombro completamente dormido.
Luca soltó una risa baja.