Rachel hizo una breve pausa.
—Dinero que utilizó para comprarle un piso de lujo a su amante.
David perdió todo el color.
—Vosotros… no tenéis derecho a auditar mis cuentas privadas.
—Blaire tiene derecho legal al cincuenta por ciento de todos los bienes matrimoniales según la legislación de Illinois —respondió Rachel—. Además, disponemos de imágenes de la cámara de seguridad de su entrada en las que se le ve sacando físicamente las maletas de Blaire y cerrándole la puerta de casa mientras su hija estaba dentro.
David empezó a tartamudear y miró hacia su abogado, que hojeaba cada vez más rápido la montaña de pruebas.
El letrado se inclinó hacia él y susurró desesperadamente:
—David… si esto llega a un tribunal, podrías enfrentarte a cargos federales por fraude electrónico.
David se volvió hacia Blaire.
Toda su arrogancia se desmoronó y dejó paso a una desesperación patética.
—Blaire, por favor. Podemos solucionarlo como una familia. No necesitas meter a toda esta gente en medio.
Blaire observó al hombre al que había dedicado cinco años de su vida, al que había perdonado una y otra vez y por quien había inventado demasiadas excusas.
—Me llamaste inútil cuando cambiaste las cerraduras, David —dijo con una voz afilada—. Me dijiste que acabaría en la calle sin nada.
Cogió un bolígrafo de la mesa y firmó un único documento.
—Esta es una solicitud formal de custodia exclusiva, manutención completa y congelación total de tus activos empresariales —dijo con calma—. Tienes veinticuatro horas para firmarla o mi equipo jurídico entregará el expediente de fraude a la fiscalía.
David miró el bolígrafo que tenía delante.
Por fin comprendía que su arrogancia le había costado su dinero, su reputación y cualquier posibilidad de controlar la situación.