—¡Eso no es mío!
Sergio sonreía.
Segundo archivo.
María Santos, madre de dos niños, detenida frente a la escuela por “merodear”.
Ella explicaba que esperaba a sus hijos.
Los pequeños lloraban detrás de la verja.
Tercer archivo.
Luis Herrera, trabajador de obra, golpeado con una porra mientras ya estaba esposado.
Informe médico: daño renal, cirugía, deudas, incapacidad parcial.
Javier siguió abriendo carpetas.
Veintitrés casos.
Veintitrés vidas rotas.
Y en todas aparecía el mismo patrón.
Sergio actuaba.
Ricardo protegía.
Alberto Flores, el concejal, bloqueaba investigaciones desde el municipio a cambio de favores, contratos y dinero que no aparecía en ninguna cuenta limpia.
Marta se tapó la boca.
—Esto no es un mal agente. Es una red.
Javier miró los monitores de seguridad.
Una luz roja parpadeaba en todas las cámaras.
—Esas luces no son nuestras.
—¿Qué significa?
Javier revisó el acceso.
Alguien había entrado de forma remota al sistema a las dos y media de la tarde.
Dos horas antes del arresto.
Nivel federal.
Marta entendió antes de que él lo dijera.
—Nos estaban mirando.
Javier asintió.
—Y siguen mirando.
Copiaron los archivos en dos memorias.
Una para Marta.
Una para Javier.
—Si esto se hunde —dijo ella—, nos hundimos haciendo lo correcto.
Javier recordó las palabras de don Manuel siete años atrás:
“La integridad no es cómoda. Es necesaria.”
Salieron por separado.
Al pasar frente a la celda, Javier miró a don Manuel.
Don Manuel abrió los ojos.
Le hizo un gesto mínimo con la cabeza.
Javier respondió igual.
No hicieron falta palabras.
En la capital, Elena Vera miraba las cámaras en directo.
La alerta suprimida apareció en su pantalla.
Luego el intento de borrado.
Luego el traslado a la celda.