Ya no se trataba de coincidencias fortuitas.
—Cierra la puerta de la cabina —dijo Laura.
Andrew la miró.
“¿Crees que alguien hizo esto intencionadamente?”
“Creo que alguien quería que tu primer oficial no pudiera volar.”
La aeronave comenzó a descender hacia un aeropuerto de emergencia en el norte de España.
Entonces apareció otra advertencia.
La presión hidráulica que controla el tren de aterrizaje derecho comenzó a disminuir.
Casi inmediatamente después, sonó el teclado de la cabina.
Alguien desde el exterior intentaba acceder al lugar.
Andrew revisó la cámara.
“Es Richard Sterling.”
“¿OMS?”
“El director de operaciones de vuelo de la aerolínea. Viaja en primera clase.”
La jefa de cabina llamó por el interfono.
“Capitán, no abra la puerta. El señor Sterling exige entrar y dice que su cargo ejecutivo le otorga autoridad.”
La expresión de Laura se endureció.
Ya nada de lo que ocurría en esa situación parecía accidental.
Instantes después, la azafata volvió a llamar.
“El médico encontró una pequeña tapa de plástico debajo del asiento del primer oficial. Parece que provenía de un frasco.”
Andrew se giró hacia el parabrisas.
A pesar de la intensa lluvia, finalmente aparecieron a lo lejos las luces de la pista de aterrizaje.
“Aterrizamos primero”, dijo.
Laura se deslizó en el asiento del copiloto inconsciente y le abrochó el arnés.
“De acuerdo. Lo demás puede esperar hasta que estemos sobre el terreno.”
El avión descendió a través de una lluvia intensa y fuertes vientos cruzados.
Andrew bajó el tren de aterrizaje.
Aparecieron dos indicadores verdes.
El tercero no lo hizo.
El tren de aterrizaje principal derecho no había confirmado que estuviera bloqueado correctamente.
Andrew apretó la mandíbula.
“Si el tren de aterrizaje se pliega al aterrizar, podríamos salirnos de la pista.”