Antes de mirar la fotografía, empecé a leer.
«Margaret, esta es probablemente la carta más difícil que he escrito en toda mi vida. Si has llegado hasta aquí, ya conoces a Thomas. Y probablemente estés enfadada conmigo. Tienes derecho a estarlo.»
Tragué saliva.
Por primera vez desde que había entrado en aquel garaje, sentí rabia de verdad.
No por Thomas.
Él no tenía culpa de nada.
Estaba enfadada con Harold.
Durante 62 años habíamos hablado de confianza. Cuando nuestros hijos eran pequeños, cuando tuvimos problemas económicos, cuando perdimos a nuestros padres, cuando llegaron las enfermedades y cuando envejecimos juntos, siempre repetíamos lo mismo:
«No importa lo difícil que sea, no nos ocultamos nada.»
Y, sin embargo, él había ocultado algo enorme.
Seguí leyendo.
«Hace veintisiete años recibí una llamada en el trabajo. Era Thomas. Su madre, Eleanor, acababa de morir. Antes de morir le había contado quién era su verdadero padre y le había dado mi nombre.»
«Thomas no me pidió dinero. No quería entrar en nuestra familia ni quitarles nada a nuestros hijos. Solo quería mirarme a los ojos una vez.»
Miré a Thomas.
Seguía de pie a unos metros de mí.
—¿Es verdad?
Asintió.
—Solo quería conocerlo.
Volví a la carta.