—Esto es falso.
La sonrisa de Teresa desapareció.
Raúl levantó discretamente su teléfono y comenzó a grabarme.
—Apaga eso —le ordené.
—Mi tía me dio permiso.
—Tu tía no es la propietaria.
Teresa se puso de pie, se acercó a mí y sonrió con una crueldad que todavía recuerdo.
—Una esposa va y viene, Laura. Una madre es para siempre. Ya veremos a quién elige mi hijo cuando tenga que decidir.
Aquella noche mis hijos y yo tuvimos que encerrarnos en una recámara mientras ellos seguían festejando afuera como si hubieran conquistado la casa.
Y cerca de la medianoche escuché a mi suegra decirle a su hermana algo que me hizo comprender que aquello no era una visita improvisada.
—Mañana llega Mauricio. Entonces sí vamos a ponerla en su lugar.
Todavía no podía imaginar lo que mi propio esposo estaba dispuesto a hacer para complacerla.