Llamé a mi esposo.
Al tercer intento contestó.
—Mauricio, tu mamá está metida en mi casa con toda su familia.
Hubo un silencio.
Después respondió:
—Yo le di las llaves.
Me quedé helada.
—¿Cómo que tú se las diste?
—Me las pidió. No pensé que fuera para tanto.
—Tú sabías que los niños y yo veníamos.
Otro silencio.
—Se me olvidó.
Entonces comprendí que no se le había olvidado absolutamente nada.
Le exigí que llamara a su madre y le pidiera que se fuera.
Mauricio suspiró.
—Laura, no armes un drama. La casa es grande. Convivan.
Colgó.
Volví a la terraza.
—Tienen una hora para recoger sus cosas.
Mi suegra abrió su bolso y sacó unas hojas arrugadas.
—Antes de correr a nadie, mira esto. Esta propiedad también me pertenece.
Era un supuesto testamento.
Lo revisé.
La fecha correspondía a ocho meses después de la muerte de su esposo y, peor todavía, mencionaba un terreno distinto en otro municipio.