—Necesito testigos —le explicó—. Mi hija es la propietaria. Su esposo la sacó por la fuerza y tiene a los menores dentro.
Cuando Mauricio comprendió que mi madre estaba hablando en serio, abrió el portón.
—No hacía falta montar semejante espectáculo.
Elena entró únicamente hasta donde podía ver a mis hijos.
—Emiliano, Sofía, vengan conmigo.
Sofía corrió.
Mauricio trató de detenerla sujetándola del hombro.
Mi madre se interpuso.
—No la toques.
—Son mis hijos.
—Y están tratando de salir con su madre. No vas a retenerlos.
Mauricio quiso apartarla tomándola del brazo.
Ése fue su error.
Mi madre giró la muñeca, usó una llave de control que había enseñado durante años a sus alumnos y lo obligó a soltarla sin golpearlo.
Mauricio terminó inclinado, sorprendido y furioso.
—¡Suélteme!
—En cuanto dejes de forcejear.
Raúl grababa todo.