Marqué otro número.
Mi madre contestó al primer tono.
—¿Laurita?
—Mamá… necesito que vengas.
—¿Qué pasó?
Tragué saliva.
—Mauricio me sacó de mi propia casa jalándome del cabello. Los niños están adentro y no me permite llevármelos.
Mi madre guardó silencio unos segundos.
—¿Te golpeaste?
—Estoy bien.
—¿Los niños están bien?
—Sí, pero tienen miedo.
—Mándame tu ubicación.
—Mamá, por favor no hagas ninguna locura.
Su respuesta fue tan tranquila que me dio más miedo que un grito.
—No voy a hacer ninguna locura. Voy a recuperar a mis nietos y después vamos a hacer las cosas correctamente.
Cuarenta minutos más tarde vi aparecer su viejo automóvil al final de la calle.
Mi madre, Elena, tenía sesenta y nueve años, había sido profesora de educación física y durante casi tres décadas había entrenado judo en una escuela pública.