—No vas a exhibir a mi familia.
—Suéltame.
Intenté apartarme.
Entonces hizo algo que ninguno de mis hijos olvidaría.
Me tomó del cabello, me arrastró varios pasos hasta el portón y me empujó hacia afuera.
Caí sobre la grava.
—Cuando aprendas a respetar a mi madre, vuelves —dijo.
Sofía gritó.
Emiliano corrió hacia mí, pero Mauricio cerró el portón antes de que pudiera salir.
—¡Papá, abre!
—Métanse a la casa.
—¡Mi mamá tenía razón! —gritó mi hijo.
Raúl seguía grabando.
Y mi suegra, detrás de todos, dijo:
—Así se educa a una mujer que cree que por ganar dinero puede mandar sobre un hombre.
Me levanté con las manos raspadas y el cuerpo temblando.
No lloré.
No delante de mis hijos.
—Mauricio, abre y déjame sacarlos.
—Después de que te disculpes.
Fue en ese instante cuando dejé de pensar en salvar mi matrimonio.