Mauricio defendió cada cosa.
Según él, yo había malinterpretado todo.
Según él, Teresa jamás insultaría a sus nietos.
Según él, yo estaba obsesionada con “mis papeles, mi dinero, mi propiedad”.
Finalmente le dije:
—Haz que se vayan o me voy a ir yo, pero después no pretendas que esto no cambió nuestro matrimonio.
Mauricio regresó con su madre.
Yo esperaba que, por una vez, defendiera a sus hijos.
En cambio, Teresa empezó a llorar.
—¿Ya ves, mijo? Quiere separarte de tu propia madre.
Él me miró.
—Pídele disculpas.
Creí haber escuchado mal.
—¿A ella?
—Por faltarle al respeto.
—Mauricio, tu madre invadió mi casa.
—Laura, discúlpate.
—No.
Teresa sonrió.
—Entonces que se vaya.
Tomé mi teléfono.
—Perfecto. Voy a llamar a la policía y voy a enseñarles la escritura y ese testamento falso.
Mauricio me agarró de la muñeca.