—En unas semanas arreglamos la herencia, vendemos los hoteles y nos vamos.
—¿Y el teléfono?
—Está enterrado con ella.
A kilómetros de ahí, Tomás Reyes hacía su ronda nocturna.
Había sido paramédico, pero tras perder su empleo terminó como encargado nocturno del panteón. Cerca de la medianoche oyó algo extraño junto a una tumba recién cerrada.
Primero una vibración.
Después un golpe.
Luego otro.
Y finalmente, un gemido.
Tomás corrió por una pala.
Trabajó hasta descubrir el ataúd. Cuando logró abrirlo, quedó helado.
Adriana Montes estaba viva.
Respiraba apenas y apretaba su teléfono contra el pecho.
Tomás la sacó, le dio oxígeno con el equipo de emergencia de su caseta y pidió ayuda a su hijo Diego. Horas después, un laboratorio confirmó rastros de una sustancia acumulativa administrada durante meses.
Adriana abrió los ojos al amanecer.