“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos. Ellos esperaban quedarse con una empresa millonaria después de mi funeral, pero olvidaron algo que yo había firmado un mes antes. Cuando recuperé el sentido, solo pedí papel, mi teléfono y silencio. Horas después, él recibió un mensaje imposible… y todavía faltaba conocer el secreto más grave.

—Sin mí no habrías llegado a nada.

—Sin ella tú no habrías pisado ni la recepción de uno de esos hoteles.

Héctor palideció.

Lorena tomó su bolsa.

—Yo hice lo que tú no te atrevías a hacer solo. Conseguí el medicamento, controlé sus horarios y cubrí tus errores. Me prometiste la mitad. Ahora resulta que ni siquiera pudiste revisar qué había firmado antes de enterrarla.

Héctor se quedó mirándola.

La discusión todavía no había terminado.

—¿Y Javier? —preguntó él.

Lorena apretó los labios.

—Javier era mi plan B.

—¿Plan B?

—Si tú heredabas, yo me quedaba contigo. Si no heredabas, necesitaba a alguien que pudiera comprar barato cuando la empresa entrara en crisis.

Héctor soltó una carcajada seca.

—Así que nunca me quisiste.

—¿Tú querías a Adriana cuando empezaste a envenenarla?

El silencio que siguió fue más fuerte que cualquier grito.

En ese momento llegó otro mensaje.

Era del número de Adriana.

Una fotografía de su tumba.

Y una frase:

“Si quieres saber quién está jugando contigo, ven solo.”

Héctor no pensó.

Tomó las llaves y salió.

Lorena intentó llamarlo, pero él ya había arrancado.

Verónica ordenó a los agentes mantener distancia.

—Va hacia el panteón.

Adriana esperaba en la caseta con Tomás.

—Todavía podemos detener esto —dijo él.

—No.

—Tienes derecho a tener miedo.

—Claro que tengo miedo. Me desperté en un ataúd, Tomás. Desde entonces entendí que el miedo no desaparece. Solo decides quién manda: él o tú.

Tomás no respondió.

Le puso una chamarra sobre los hombros.

—Entonces no te separas de mí.

Héctor llegó poco después de la medianoche.

Saltó la pequeña cadena de una entrada lateral y avanzó con una linterna. Conocía la ubicación de la tumba. Había estado ahí dos veces durante la semana, tratando de convencerse de que nadie podía salir de debajo de casi dos metros de tierra.

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