“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos. Ellos esperaban quedarse con una empresa millonaria después de mi funeral, pero olvidaron algo que yo había firmado un mes antes. Cuando recuperé el sentido, solo pedí papel, mi teléfono y silencio. Horas después, él recibió un mensaje imposible… y todavía faltaba conocer el secreto más grave.

Adriana dio un paso hacia la fosa.

—Te di un puesto para el que no estabas preparado. Cubrí tus errores. Pagué tus deudas. Te defendí frente a mi consejo. ¿Sabes cuál fue mi error? Pensar que apoyarte significaba amarte.

Héctor comenzó a llorar.

—Adriana, podemos arreglarlo.

—No.

—Te regreso todo.

—Nunca fue tuyo.

—Haré lo que quieras.

—Ya lo hiciste.

Detrás de las lápidas aparecieron varias luces.

—Héctor Salgado —dijo la fiscal Verónica Ibarra—, queda detenido.

Él miró alrededor, confundido.

Dos agentes se acercaron.

—¡Ella me provocó! —gritó—. ¡Esto es una trampa!

—No —respondió Verónica—. La investigación empezó antes de que usted llegara aquí. Tenemos el análisis toxicológico, transferencias al médico, registros de compra, respaldos de mensajes, la grabación del restaurante y ahora su declaración espontánea.

Héctor buscó a Adriana con la mirada.

—Diles que fue Lorena.

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