—Fue Lorena.
Adriana sintió algo quebrarse dentro de ella. Durante años había compartido una cama con ese hombre. Le había pagado estudios, le había dado un puesto, lo había presentado como socio cuando en realidad no confiaba en él para cerrar un balance. Y ahora, al verlo cubierto de tierra, no sintió amor, ni odio.
Sintió claridad.
—¿Lorena preparaba el té que me dabas en casa?
Héctor tragó saliva.
—Ella consiguió las cosas.
—¿Pero tú me las dabas?
—Yo… yo no quería que sufrieras.
Adriana soltó una risa breve, incrédula.
—Me enterraste viva.
—¡El médico dijo que estabas muerta!
—Porque tú le pagaste.
Héctor se llevó las manos a la cabeza.
—No tenía opción. Ibas a descubrir los movimientos de dinero. Ibas a correrme. Me ibas a dejar sin nada.
—¿Y por eso decidiste matarme?
—¡Tú nunca me trataste como tu igual!