“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos. Ellos esperaban quedarse con una empresa millonaria después de mi funeral, pero olvidaron algo que yo había firmado un mes antes. Cuando recuperé el sentido, solo pedí papel, mi teléfono y silencio. Horas después, él recibió un mensaje imposible… y todavía faltaba conocer el secreto más grave.

—Fue Lorena.

Adriana sintió algo quebrarse dentro de ella. Durante años había compartido una cama con ese hombre. Le había pagado estudios, le había dado un puesto, lo había presentado como socio cuando en realidad no confiaba en él para cerrar un balance. Y ahora, al verlo cubierto de tierra, no sintió amor, ni odio.

Sintió claridad.

—¿Lorena preparaba el té que me dabas en casa?

Héctor tragó saliva.

—Ella consiguió las cosas.

—¿Pero tú me las dabas?

—Yo… yo no quería que sufrieras.

Adriana soltó una risa breve, incrédula.

—Me enterraste viva.

—¡El médico dijo que estabas muerta!

—Porque tú le pagaste.

Héctor se llevó las manos a la cabeza.

—No tenía opción. Ibas a descubrir los movimientos de dinero. Ibas a correrme. Me ibas a dejar sin nada.

—¿Y por eso decidiste matarme?

—¡Tú nunca me trataste como tu igual!

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