Fui a la preparatoria preparado para regañar a mi hija por “malgastar” el dinero que le enviaba, pero descubrí que llevaba cinco años registrada como estudiante pobre. “Tu padre ya está cansado de mantenerte”, le habían repetido. No hice una escena: pedí su expediente, saqué mis comprobantes bancarios y encontré un detalle que demostraba que todo había sido planeado.

—¿Vulnerable?

—Beca de alimentos, útiles, uniformes y transporte.

Me reí por puro nerviosismo.

—Debe haber un error. Yo mando entre cuarenta y cincuenta mil pesos al mes a mi madre.

La profesora dejó de respirar por un instante.

—¿Cada mes?

Saqué mi celular.

Le enseñé transferencias de cinco años.

La mujer se quedó mirando la pantalla y luego me miró a mí.

—Entonces tenemos un problema muy serio.

Me llevó hasta un salón de estudio donde Mariana hacía tarea.

Desde la puerta la vi abrir la mochila, sacar el medio bolillo que había guardado, partirlo dentro de un vaso y echarle agua caliente de un dispensador.

—Hace eso seguido —susurró la profesora—. Come la mitad al mediodía y guarda la otra mitad para la tarde.

Sentí vergüenza.

Luego rabia.

Luego algo peor.

Miedo.

—¿Mariana tiene tatuajes?

La profesora pareció confundida.

—No.

—¿Piercings? ¿Falta a clases? ¿Tiene un novio problemático?

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