—No.
—Me destruiste.
—No, mamá. Tus decisiones te trajeron hasta aquí.
—Todo por esa niña.
La miré fijamente.
—No. Todo por lo que tú hiciste con esa niña.
Se rio con amargura.
—Te puso contra tu propia madre.
Aquella frase ya no funcionaba.
—Tú me pusiste contra mi hija durante cinco años. Y yo te ayudé porque elegí no escucharla. Esa parte es mi culpa.
Me dolió reconocerlo.
Pero era necesario.
Ricardo vendió el departamento y devolvió una parte del dinero.
No sabía de dónde había salido, pero dijo algo que nunca olvidé cuando pidió perdón a Mariana:
—Debí preguntar.
Era exactamente lo que yo llevaba meses pensando.
Debí preguntar.
Debí escuchar.
Debí aparecer.
Cuando Mariana cumplió dieciocho años consiguió una beca para estudiar ingeniería.
El día que recibió la noticia corrió hacia mí como cuando era pequeña.
—¡Papá, entré!
La abracé.
—Sabía que lo lograrías.
—Mentiroso.
—Tenía noventa y ocho por ciento de seguridad.
Se rio.
Después se puso seria.
—Gracias por volver.
Negué.
—Debí volver mucho antes.
—Pero volviste.
—No conviertas eso en algo heroico, Mariana. Yo fallé.
Me sostuvo la mirada.
—Sí.
Por extraño que parezca, me alegró escucharla.
Ya no necesitaba protegerme de mi propia culpa.
—Pero cambiaste —añadió.
—Sigo intentando.
—Eso también cuenta.
Antes de que se fuera a la universidad abrimos una cuenta a su nombre con parte del dinero recuperado, sus becas y algunos ahorros míos.
Cuando vio la cantidad se puso nerviosa.
—¿Y si gasto mal?
—Aprenderás.
—¿Y si me equivoco?
—Te equivocarás.
Frunció el ceño.
—Eso no ayuda mucho.
—Pero es verdad.
Años después, cuando Mariana tenía veinticuatro, me invitó a cenar.
Ya era ingeniera.
Tenía trabajo.