Mientras mi hija guardaba medio bolillo para cenar, mi madre había pagado tratamientos cosméticos con dinero que yo enviaba para alimentarla.
Pero Gabriel insistió:
—Necesitamos documentar todo.
Llevé a Mariana con una médica.
Tenía anemia, deficiencia de hierro y señales compatibles con meses de alimentación insuficiente.
Nada irreversible.
Pero nada reciente.
También comenzó terapia.
Yo quería pedirle detalles constantemente.
La psicóloga me detuvo.
—Su hija ha vivido años sin control sobre decisiones básicas. No la convierta ahora en una fuente de pruebas. Primero vuelva a ser su padre.
Aquella frase me ubicó.
Dos días después llamé a mi madre.
Laura estaba conmigo.
Grabamos la conversación conforme a las indicaciones del abogado.
—Mamá, cuéntame otra vez lo del novio de Mariana.
—Es un vago.
—¿Cómo se llama?
Pausa.
—No sé… Brandon o algo así.
—¿Apellido?