La frase ya era absurda.
Mi hija prácticamente no tenía dinero.
—Una vez compré una libreta —dijo.
—¿Y?
—Costaba ciento veinte pesos. La abuela dijo que había una de cincuenta.
—¿Qué hizo?
Mariana bajó la vista.
—Me pegó con un gancho de ropa en las piernas.
Tuve que levantarme.
Entré al baño del hotel, cerré la puerta y apoyé las manos contra el lavabo.
Mi primer impulso era ir a casa de mi madre.
Gritarle.
Exigirle respuestas.
Pero esa misma noche hablé con mi hermana Laura.
Cuando terminó de escucharme dijo:
—Voy a matar a mamá.
—No.
—Javier, hizo pasar hambre a Mariana.
—Lo sé.
Laura respiró durante varios segundos.
—Entonces vamos a destruir sus mentiras legalmente.
Eso sí tenía sentido.
A la mañana siguiente buscamos a Gabriel Salcedo, un abogado que llevaba asuntos familiares y patrimoniales.
Le mostramos transferencias, solicitudes de becas y los números falsificados.