Fui a la preparatoria preparado para regañar a mi hija por “malgastar” el dinero que le enviaba, pero descubrí que llevaba cinco años registrada como estudiante pobre. “Tu padre ya está cansado de mantenerte”, le habían repetido. No hice una escena: pedí su expediente, saqué mis comprobantes bancarios y encontré un detalle que demostraba que todo había sido planeado.

Al principio quedó rígida.

Luego me sujetó la camisa.

—Pensé que no me querías porque me parezco a mamá.

Lloré como no había llorado desde que enterramos a Lucía.

Esa tarde la llevé a comer.

Mariana miró primero los precios del menú.

A mitad del plato comenzó a envolver carne en una servilleta.

—¿Qué haces?

Se asustó.

—Es para mañana.

—Mañana también habrá comida.

Me miró como si aquella idea fuera demasiado buena para creerla.

Esa noche, en el hotel, le pregunté si su abuela alguna vez la había golpeado.

Mariana permaneció en silencio.

—No mucho —respondió finalmente.

Y cuando me explicó qué significaba “no mucho”, supe que el dinero robado apenas era el principio.

Pero antes de enfrentar a mi madre tenía que descubrir exactamente qué había hecho durante esos cinco años.

PARTE 3

Mariana me contó que doña Teresa la golpeaba “cuando desperdiciaba dinero”.

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