—Mira las fechas.
Mariana observó.
Una transferencia.
Otra.
Otra.
Comida.
Escuela.
Ropa.
Cumpleaños.
Navidad.
Clases de matemáticas.
La computadora.
Empezó a negar con la cabeza.
—No.
—Te mandé dinero todos los meses.
—No.
—Mariana…
—¡La abuela decía que no mandabas nada!
Rompió a llorar.
Entonces gritó algo que me congeló.
—¡Yo te escribía!
—Nunca recibí tus mensajes.
Sacó un celular viejo.
Buscó mi contacto.
“Papá”.
Miré el número.
Los primeros dígitos eran correctos.
Los últimos tres, no.
Exactamente igual que el número falso que habían registrado en la escuela.
Mi madre había cambiado ambos contactos.
A Mariana le dio un número falso mío.
A la escuela le dio un número falso para localizarme.
Después llenó cinco años de silencio con mentiras.
—Pensé que no contestabas porque ya no me querías —dijo mi hija.
Me acerqué.