—Todo por esa niña.
La miré fijamente.
—No. Todo por lo que tú hiciste con esa niña.
Se rio con amargura.
—Te puso contra tu propia madre.
Aquella frase ya no funcionaba.
—Tú me pusiste contra mi hija durante cinco años. Y yo te ayudé porque elegí no escucharla. Esa parte es mi culpa.
Me dolió reconocerlo.
Pero era necesario.
Ricardo vendió el departamento y devolvió una parte del dinero.
No sabía de dónde había salido, pero dijo algo que nunca olvidé cuando pidió perdón a Mariana:
—Debí preguntar.
Era exactamente lo que yo llevaba meses pensando.
Debí preguntar.
Debí escuchar.
Debí aparecer.
Cuando Mariana cumplió dieciocho años consiguió una beca para estudiar ingeniería.
El día que recibió la noticia corrió hacia mí como cuando era pequeña.
—¡Papá, entré!
La abracé.
—Sabía que lo lograrías.
—Mentiroso.
—Tenía noventa y ocho por ciento de seguridad.