Fui a la preparatoria preparado para regañar a mi hija por “malgastar” el dinero que le enviaba, pero descubrí que llevaba cinco años registrada como estudiante pobre. “Tu padre ya está cansado de mantenerte”, le habían repetido. No hice una escena: pedí su expediente, saqué mis comprobantes bancarios y encontré un detalle que demostraba que todo había sido planeado.

Saqué la última carpeta.

—El abogado ya está revisando las cuentas.

Teresa dejó de llorar.

—¿Abogado?

—También habrá una denuncia por los documentos falsos y por el dinero.

—¿Vas a denunciar a tu propia madre?

—Sí.

—¿Por dinero?

Negué.

—Por cinco años de hambre.

Por primera vez no tuvo una respuesta.

Subimos por las cosas de Mariana.

No tardamos ni quince minutos.

Tenía dos uniformes.

Tres playeras.

Unos tenis.

Un suéter.

Cuadernos.

Varias fotografías de su mamá.

Eso era casi todo lo que poseía después de cinco años recibiendo supuestamente decenas de miles de pesos mensuales.

Cuando salimos, Teresa gritó desde la puerta:

—¡Vas a regresar! ¡Tu padre no sabe cuidarte!

Mariana comenzó a temblar.

Me giré.

—Tal vez no supe cuidarla antes. Pero voy a aprender.

Cerré la puerta.

Renuncié al proyecto que me mantenía viajando.

Mi empresa me ofreció un puesto en Guadalajara con un salario considerablemente menor.

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