—¿Miles? —pregunté, sintiendo un pánico maternal repentino—. Cariño, ¿qué pasa? ¿Estás enfermo?
No respondió de inmediato. Tragó saliva con dificultad, sintiendo un chasquido en la garganta.
—Mamá —susurró Miles. Su voz era tan débil, tan frágil, que apenas pude oírlo por encima del rugido de los motores. Se inclinó hacia mí, con la respiración entrecortada.
“Mamá… creo que papá está sentado cerca de la parte delantera del avión.”
El aire fue succionado violentamente de mis pulmones. El mundo se inclinó sobre su eje.
Inmediatamente desplegué la armadura maternal protectora que había estado construyendo durante tres años. Extendí la mano y agarré sus manos temblorosas, apretándolas con fuerza.
—Ay, cariño —murmuré, con el corazón destrozado por centésima vez—. Lo sé. Sé que lo extrañas. El duelo nos juega malas pasadas. A veces vemos gente que se parece a quienes perdimos porque deseamos con todas nuestras fuerzas que estén aquí. No te preocupes. No es él, mi amor.
Intenté abrazarlo, desesperada por protegerlo de la agonizante alucinación.
Pero Miles se resistió. No se dejó llevar por mis brazos. Negó con la cabeza con una certeza absoluta, inquietante y aterradora que desafiaba su edad.
—No, mamá —insistió Miles, con la voz cargada de una urgencia desesperada—. Es él. Vi su brazo. Vi la cicatriz.
Un nudo frío, pesado e irregular se formó en el fondo de mi estómago.
No discutí. No volví a intentar calmarlo. La absoluta convicción en sus ojos superó mi lógica.
Me desabroché el cinturón de seguridad. Me puse de pie lentamente en el estrecho pasillo.
Seguí la dirección de su mirada, dirigiéndome hacia la parte delantera del avión, concretamente a la fila 12, la sección de clase turista superior.