Cuarenta y ocho horas después, la investigación destapó una pesadilla.
El disco contenía correos privados entre Bruno y un contratista externo hablando de facturas infladas, porcentajes de comisiones ilegales y dinero procedente del extranjero que regresaba en fajos de billetes. También había conversaciones con su padre, Indigo, sobre un todoterreno de lujo registrado a nombre de un primo y la entrada de un apartamento frente al mar.
Pero lo peor de todo era una conversación de la noche en que me agredieron.
Amber: «Se niega a entregarnos la herencia de su abuela».
Bruno: «Seguid presionándola. Necesitamos ese dinero para tapar lo del proveedor antes de la auditoría de final de trimestre».
Minutos después:
Amber: «Indigo ha tenido que pegarle».
Bruno: «Pues a lo mejor así aprende de una vez cuál es su sitio».
Leer aquello me revolvió el estómago.
Bruno no era simplemente un marido débil que había reaccionado mal después de lo ocurrido. Era quien estaba detrás de toda la presión económica. Sabía que sus padres me estaban acorralando y, aun después de enterarse de que me habían dejado ensangrentada, lo había aprobado.
Mi abogado entregó el disco con las pruebas a la Fiscalía y solicitó una reunión formal con el consejo de administración de la empresa de Bruno. Resultó que el departamento interno de cumplimiento normativo ya había detectado irregularidades en su departamento dos semanas antes.
Bruno fue suspendido de empleo de forma inmediata mientras se desarrollaba una auditoría corporativa y una investigación por posible fraude.
Indigo y Amber, presa del pánico, intentaron vender el todoterreno de lujo y deshacerse del contrato del apartamento para conseguir dinero con el que afrontar abogados y posibles fianzas. Pero la Fiscalía solicitó el bloqueo urgente de todas las cuentas vinculadas a las sociedades pantalla fraudulentas.