Mis padres, que son ricos, me cortaron la ayuda económica por casarme con mi novio – Pero en nuestra noche de bodas, en un motel barato, él me confesó: “Hay algo que debería haberte contado”

“Tienes las gafas de protección al revés”, me susurró, sonriendo.

Quería apartarlo de un empujón. Pero no pude.

Pensé en la primera vez que vi a Leo.

Leo y yo veníamos de mundos completamente diferentes en todos los sentidos posibles, a pesar de recorrer los mismos pasillos a diario. Yo crecí en una familia muy acomodada, donde las expectativas eran altísimas.

Mi padre, Elias, dirigía una empresa. Mi madre, Cecilia, se encargaba de todo lo demás, incluyéndome a mí.

Leo creció en el otro extremo de la ciudad, criado por su madre soltera, Gianna, que trabajaba de día en una cafetería y de noche limpiando oficinas para mantener calientita su casita.

Leo y yo veníamos de mundos completamente diferentes.

Pero nada de eso importaba porque nos enamoramos locamente el uno del otro.

Mi novio de entonces me esperaba junto a mi taquilla cada mañana, antes de la primera clase.

No podía permitirse rosas ni citas caras. Así que me traía un ramillete de flores silvestres. Pequeños ramilletes torcidos que recogía de camino al colegio, atados con cualquier cordel que tuviera en el bolsillo.

Nos enamoramos perdidamente.

“Para la chica más lista de la segunda clase”, solía decir Leo antes de ponérmelas en las manos como si le diera vergüenza.

A mí nunca me daban vergüenza.

Los otros chicos eran diferentes. Me preguntaban por el barco de mi padre y a qué club de campo pertenecíamos. O bien se sentían intimidados por el dinero de mi familia o intentaban aprovecharse de él. Leo era el único que miraba más allá de la riqueza y me preguntaba qué estaba leyendo.

Nunca me avergonzaban.

“Sabes que no tienes por qué traerme esto”, le dije una vez, en segundo de bachillerato, mientras sostenía un ramo de margaritas con tierra aún en los tallos.

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