—Papá… necesito ayuda.
Llegó en menos de una hora. En el camino, sin apartar la vista del volante, le pregunté:
—¿Alguna vez te has arrepentido de haber criado al hijo de otra persona?
Ni siquiera lo pensó.
—Jamás. Eres mi hijo porque te crié, porque te cuidé y porque te elegí cada día.
Después de eso, dejé de huir.
Me reuní con Celia en una casa segura. La vi sin maquillaje, sin aplomo, sin esa elegancia que solía deslumbrarme. Parecía una mujer agotada por sus propias acciones.
—Escúchame bien —le dije—. Nunca más me hablarás como si fueras mi esposa. Si alguna vez te dejo un lugar en mi vida, será solo como mi madre biológica. Y aún no sé si puedo darte ese lugar.
Ella asintió, llorando.
—Lo aceptaré.
—Y no vuelvas a ocultarme la verdad.
Volvió a asentir con la cabeza.
Con abogados y protección, lograron impedir que Octavio se acercara a mí. Mi madre, Rosaura, y mi padre, Mateo, también se mantuvieron firmes. Cuando dos hombres llegaron al rancho preguntando por mí, mi padre les dijo que para tocar a su hijo primero tendrían que pasar por él.
Fue entonces cuando comprendí quién era mi verdadero escudo.
Un año después, frente al juzgado donde firmamos la anulación definitiva, estábamos los cuatro: Celia, Rosaura, Mateo y yo. Celia miró a mi madre y dijo, con la voz quebrándose:
—Nunca podré compensarte por lo que hiciste por él.
Rosaura la miró sin odio, solo con cansancio.
—No me lo debes a mí. Se lo debes a él. Vive de otra manera.
Hoy sigo siendo Efraín. Tengo veinte años, un pequeño taller, he retomado mis estudios y tengo una historia que el pueblo aún comenta como una leyenda. Que hablen.