Llegué a casa al amanecer.
Mi madre estaba en el patio, dándoles de comer maíz a las gallinas. Cuando me vio entrar con la corbata suelta, el rostro despeinado y los ojos desorbitados, dejó caer la lata que tenía en las manos.
—Efraín…
—Dime la verdad —solté de repente.
Mi padre salió de la cocina y, al vernos, lo entendió todo sin necesidad de palabras.
Mi madre palideció. Se llevó una mano al pecho. Y con una voz que no reconocí, dijo:
—Si Celia ya ha hablado… entonces prepárate, porque aún no sabes lo peor.
PARTE 3
Mi madre se sentó porque ya no podía mantenerse de pie.
Entre lágrimas, me contó que veinte años atrás, en medio de una tormenta, una mujer elegante había llegado a una casa prestada con un bebé en brazos, dos hombres de confianza y terror en los ojos. Esa mujer era Celia. El bebé era yo.