Yo tenía 15 años cuando nos dieron la noticia.
Cáncer.
Terminal.
Los médicos fueron cuidadosos al explicarlo.
Mi mamá no.
Cuando estuvimos solas me tomó de las manos.
—No voy a poder acompañarte en todas las cosas que soñé, mi amor.
Comencé a llorar.
—No digas eso.
—Escúchame.
Me secó las lágrimas.
—Quizá no pueda estar físicamente. Pero eso no significa que no pueda dejarte pequeñas partes de mí para esos días.
Una de esas “pequeñas partes” fue un vestido.
Mi vestido de graduación.
Todavía faltaba mucho para el baile, pero mamá insistió en hacerlo ella misma.
Eligió una tela azul muy clara.
—Este color hace que tus ojos brillen —decía.
Había días en los que apenas tenía fuerzas para levantarse.