—La niña se parece muchísimo a su mamá.
Vi cómo Shirley apretaba la mandíbula.
Yo tenía los mismos ojos.
Algunos de sus gestos.
Incluso la misma forma de sonreír.
Y poco a poco empecé a sentir que Shirley no quería simplemente ocupar un lugar en nuestra casa.
Quería que olvidáramos quién había estado ahí antes.
Tres meses antes de mi graduación comenzó a interesarse demasiado por mi habitación.
—Deberíamos organizar tu clóset.
—Está bien así.
—Tienes demasiadas cosas.
Varias veces se ofreció a limpiarlo mientras yo estaba en la escuela.
Una tarde incluso insistió:
—Sal con tus amigas. Voy a usar un producto fuerte para limpiar y no quiero que estés respirándolo.
Algo me pareció extraño.
Pero pensé que estaba siendo paranoica.
Hasta la noche de mi graduación.
Saqué el vestido azul.