El médico dijo con mucha calma:“La enfermedad avanzará rápido. Su madre necesitará cuidados constantes.”
Todos guardaron silencio. Luego llegaron las frases de siempre.
“Vamos a superar esto juntos.”
“No te vamos a dejar sola.”
“Iremos turnándonos para venir.”
Ese día incluso me abrazaron.
Pero cuando nos sentamos en una cafetería a tomar café, algo invisible ya se había decidido.
Yo sería la que se quedaría.
Porque no tenía hijos. Porque vivía más cerca. Porque era “más flexible”.
Nadie dijo esas palabras en voz alta.
Pero todos volvieron tranquilos a sus casas.
Excepto yo.
Durante los primeros meses todavía llamaban.
“¿Cómo está mamá?”
“¿Le diste la medicina?”
“Si necesitas algo, avísanos.”
Luego las llamadas fueron cada vez menos frecuentes. Después se convirtieron en mensajes. Y al final solo quedaron corazones.
Nuestro grupo de WhatsApp se llamaba “Familia ”.