Expulsó a su viejo perro de casa, pero una carta reveló la verdad que su memoria había borrado

Ya no estaba seguro.

El teléfono sonó.

Bruno levantó la cabeza.

Contesté.

—¿Bueno?

—¿Papá?

Era Lucía.

Reconocí su voz de inmediato.

Eso me tranquilizó.

—Hola, hija.

—Llevo llamándote desde temprano. ¿Estás bien?

—Perfectamente.

Mentí sin pensarlo.

Lucía guardó silencio.

—El vecino me llamó esta mañana.

Miré hacia la puerta.

—¿Qué quería?

—Dijo que anoche vio la puerta de tu casa mal cerrada. Había tierra y hojas dentro del recibidor y tú no contestabas el teléfono.

Tragué saliva.

—Se me habrá olvidado cerrarla bien.

—Papá…

Conocía ese tono.

El mismo que Elena utilizaba cuando yo intentaba fingir que nada ocurría.

—No pasó nada.

—Podrías haber salido desorientado.

—No salí.

Miré mis pantuflas sucias.

—Bueno… casi.

Lucía suspiró.

—Voy para allá.

—No tienes que venir.

—Ya voy en camino.

—Lucía, tengo ochenta y dos años, no ocho.

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