Un recuerdo apareció con una claridad que me dejó sin aliento.
Elena estaba sentada exactamente en aquel sofá.
Mucho más joven.
Yo estaba en el suelo.
Un Bruno joven mordía el cordón de uno de mis zapatos.
—¡Elena, quítamelo!
Ella se reía.
—Pensé que tú eras el hombre fuerte de la casa.
—Este animal está loco.
—Se llama Bruno.
—No pienso llamarlo Bruno porque no se va a quedar.
Después recordé a Bruno durmiendo aquella misma noche al lado de mi cama.
Recordé haberle comprado una pelota pocos días después.
Recordé a Elena riéndose cuando me descubrió hablando con él mientras arreglaba unas macetas.
Habíamos sido una familia.
Miré al perro viejo.
Él también me miraba.
Sin reproches.
Sin preguntas.
Con una paciencia que yo no sabía si merecía.
Siempre pensamos que somos nuestros recuerdos.
Pero aquella tarde entendí que quizá no sea verdad.
La memoria puede fallar.
Puede esconder treinta años y devolverlos durante cinco segundos.
Puede decirte que tu esposa está comprando carne cuando lleva cuatro años muerta.
Puede convertir a tu mejor amigo en un desconocido.
Pero algo dentro de mí había reconocido a Bruno incluso cuando mi cabeza no pudo hacerlo.
Tal vez por eso me había dolido tanto verlo caer por aquellos escalones.
—Buen chico —susurré.
Bruno suspiró.
Apoyó la cabeza sobre mi pie.
Y se quedó allí.
Como siempre.
A la mañana siguiente desperté en el sillón.
Me dolía el cuello.
Durante unos segundos no supe qué día era.
Ni qué año.
Ni por qué estaba vestido con la misma ropa.
Entonces escuché un ronquido suave.
Bruno dormía sobre la alfombra.
La manta de Elena cubría la mitad de su cuerpo.