Expulsó a su viejo perro de casa, pero una carta reveló la verdad que su memoria había borrado

—Vamos —le dije—. Tú me ayudas y yo te ayudo.

Él empujó.

Yo tiré.

Dos viejos tratando de regresar a casa.

Con mucho esfuerzo conseguimos entrar.

Cerré la puerta.

Bruno se dejó caer sobre la alfombra.

Yo terminé sentado a su lado.

Permanecimos allí durante varios minutos.

Después tomé una manta del sofá.

Era la manta favorita de Elena.

La puse sobre Bruno y comencé a frotarle el cuerpo.

Fui hasta la cocina.

Abrí el refrigerador.

Había varios recipientes de comida y muchas notas pegadas en las puertas y los cajones.

No les presté atención.

Encontré queso.

Cuando regresé, Bruno levantó la cabeza.

—Así que esto te gusta, ¿verdad?

Su cola se movió.

Le di un pedacito.

Lo tomó con una delicadeza sorprendente.

Me senté en el suelo a su lado y acaricié el pequeño bulto que tenía detrás de una oreja.

Entonces ocurrió.

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