Poco a poco, mes tras mes, las sombras fueron desapareciendo.
Las habitaciones oscuras dejaron de aterrorizarla.
Las pesadillas pasaron de aparecer cada noche a convertirse en ecos lejanos y ocasionales.
Aprendió que una puerta cerrada en nuestra casa solo servía para evitar que entrara el frío del invierno.
No era una barrera para impedirle salir.
Aprendió que la medicina era algo que un médico te daba para ayudarte a sanar.
No un líquido amargo escondido en el zumo para obligarte a dormir.
Y, sobre todo, aprendió que era querida.
No por una campaña benéfica.
No por una póliza de seguros.
No con condiciones.
Sino de forma absoluta, pura y para siempre.
—¿Abuela?
La voz suave de Jessi me sacó de mis pensamientos.
Había dejado el lápiz sobre el cuaderno y me miraba con sus grandes ojos marrones, claros y pensativos.
—¿Sí, mi niña?