—Señora —dijo el policía, quitándose la gorra—, ¿está aquí contra su voluntad?
—Estoy aquí porque fue el único que me abrió la puerta cuando me la cerróon mis propios hijos.
Lo que escribíamos cada noche
Entonces doña Remedios sacó el cuaderno de tapas azules.
—Esto es lo que este muchacho escribió por mí, noche tras noche, durante seis meses —dijo—. Cada fecha, cada nombre, cada vez que firmé algo sin entender lo que firmaba. Cómo me convencieron de ceder la casa «para ahorrar impuestos». Cómo me prometieron cuidarme y, después de la muerte de mi marido, me aislaron. Cómo cambiaron las cerraduras cuando me internaron.
Cada página estaba fechada y firmada por los dos. Era una cronología minuciosa, que su abogada, la doctora Beltrán, había usado para presentar una demanda de revocación de la donación por ingratitud. Yo no sabía que escribía para un juicio. Solo sabía que ella necesitaba que alguien la creyera. —Cuando mi esposo murió, le prometí que no dejaría que me quitaran lo que habíamos construido juntos —dijo doña Remedios, mirando a su hijo—. No lo hice por dinero, Rodrigo. Lo hice por dignidad.
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