La habitación estaba casi completamente oscura, excepto por la tenue luz de una pequeña lámpara sobre la mesa de noche.
Entonces ella abría el cajón y sacaba un viejo cuaderno de tapas azules.
Y comenzaba a hablar.
Fechas.
Nombres.
Cosas que había guardado en silencio durante años.
Doña Remedios jamás se detenía.
Nunca dudaba.
Yo simplemente escribía.
A veces, las lágrimas llenaban sus ojos cansados.
Otras veces, extendía su débil mano y apoyaba suavemente sus dedos sobre los míos.
Al terminar la página, ambos la firmábamos.
Noche tras noche, volvimos a sentarnos en aquella habitación.
Noche tras noche, ella me contaba cosas que había intentado no recordar durante años.
Su familia creía que yo estaba aprovechándome de una mujer vulnerable para quedarme con su dinero.
Creían que quería su casa.
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