
El patinaje artístico tiene algo especial: combina la dureza del deporte de alto rendimiento con la sensibilidad del arte. No basta con saltar alto; hay que sentir la música, interpretar cada nota, transmitir una historia. Ellos entendían esa dualidad. Se notaba que disfrutaban cada segundo sobre el hielo. Y quizá eso es lo que más duele: saber que aún tenían tanto por ofrecer.