Hablaron de Mateo.
Cuando el cirujano apareció y anunció que la intervención había salido bien, Alejandro lloró frente a todos. No eran lágrimas discretas ni controladas. Eran las lágrimas de un padre que acababa de descubrir cuánto podía perder.
Mateo se recuperó lentamente. Alejandro transformó la casa sin obligarlos a abandonarla. Reparó el techo, instaló un sistema eléctrico seguro y adaptó una habitación para los cuidados del niño. No construyó una mansión porque comprendió que Lucía no quería demostraciones de riqueza. Solo necesitaba un lugar digno y seguro.
También trasladó parte de sus responsabilidades empresariales a otros ejecutivos. Por primera vez en décadas, comenzó a rechazar reuniones para asistir a eventos escolares, consultas médicas y tardes sencillas en el patio.
Un día, mientras plantaban un árbol, Mateo le preguntó si volvería a marcharse.