
Exigió que revisaran otra vez. El doctor le aseguró que tres personas habían observado las imágenes y que no existía ninguna duda.
Pero la pérdida del bebé no era el único problema. La placenta se había adherido peligrosamente cerca de importantes vasos sanguíneos y estaba empezando a desprenderse. María estaba sufriendo una hemorragia interna. El dolor que había ignorado durante días no era causado por el movimiento del bebé, sino por la sangre que se acumulaba dentro de su abdomen.

El doctor apagó el monitor y la miró directamente a los ojos. «María, el bebé no puede sobrevivir. Necesitamos llevarla al quirófano hoy mismo. Si esperamos, usted también podría morir». Ella tomó la bolsa de pañales y la apretó contra el pecho como si allí pudiera proteger a su hijo. Negó con la cabeza y comenzó a llorar. «No pueden sacarlo todavía», suplicó. «Mi hija viene esta noche. Le prometí que conocería a su hermanito».