Soñaba con una vida sencilla: un esposo que me amara y al que yo pudiera amar, una pequeña casa llena de risas y cariño, y unos hijos que llenaran nuestros días de felicidad.
Pero todos aquellos sueños terminaron en un solo día.
Una tarde, un conocido de la familia fue a visitar a mi madre. Le contó que un jeque anciano y muy poderoso, llamado Abdulrahman, estaba interesado en pedirme matrimonio.
El jeque Abdulrahman tenía alrededor de sesenta años. Pertenecía a una familia inmensamente rica y era propietario de numerosas tierras, empresas e inmuebles. Su palabra tenía mucho peso en toda la región.
Era viudo desde hacía muchos años y no tenía hijos. Todo el mundo sabía que padecía un antiguo problema de salud que hacía prácticamente imposible que pudiera convertirse en padre.
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