—Necesito hablar con la pasajera cuyo asiento fue modificado.
Tuve que contener una sonrisa.
—Quiero mi asiento.
Lo recuperó.
12C.
Laura quedó seria.
—¿Entonces qué hacemos con mi mamá?
Respondí:
—Lo mismo que iban a hacer conmigo. Ella utiliza el asiento que compró.
—Está atrás.
—También estaba atrás el que ustedes me dieron.
—Pero mamá tiene sesenta y cinco años.
La miré.
—Laura, tengo sesenta y ocho.
Abrió la boca.
No salió nada.
Entonces ocurrió algo que no esperaba.
Teresa apareció.
—¿Qué está pasando?
Laura respondió rápidamente:
—Nada.
Pero yo estaba cansada de “nada”.
—Tu hija y mi hijo cambiaron mi asiento para darte el mío sin preguntarme.
Teresa miró a Laura.
—¿Qué?
—Mamá, queríamos que estuvieras conmigo.
—¿Ese asiento era de Carmen?
—Sí, pero…
La expresión de Teresa cambió completamente.
—Devuélveselo.
—Ya lo hice —respondí.
Teresa parecía mortificada.
—Carmen, te juro que no sabía.