No quería robarte el futuro.
Quería celebrar el tiempo que todavía tenía.
Y lo hiciste posible.
Gracias por permitirme ponerme un vestido blanco a los setenta años.
Gracias por acompañarme hasta el altar improvisado de aquella habitación.
Gracias por dejarme mostrar mi anillo a la cámara como una muchacha orgullosa que acaba de encontrar a su príncipe.
Pero, sobre todo, gracias por no tratarme como si ya estuviera muerta mientras todavía seguía viva.
Hay algo más que quiero pedirte.
Cuando llegue otra persona al hospici
o y te diga que tiene miedo, no intentes convencerla de que todo va a salir bien.
No tienes que prometerle eso.
Siéntate a su lado.
Pregúntale qué le gusta.
Escucha sus historias.
Y, si te confía un sueño que considera imposible, no te rías.
Quizá no puedas cumplirlo.
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